Volumen alto: el truco más común que arruina mezclas
Hay un truco extremadamente común en estudios de grabación que ha engañado a músicos, productores e ingenieros durante décadas. Un recurso tan simple que parece inofensivo… pero que puede arruinar una mezcla entera sin que te des cuenta.
En este artículo hablo de ese fenómeno, de por qué el volumen alto nos hace creer que todo suena mejor de lo que realmente suena y de cómo aprender a usarlo con criterio puede marcar la diferencia entre una mezcla sólida y una mezcla que solo funciona cuando está “a tope”.
Recuerdo que, ya hace algunas décadas, cuando empezaba en esto, una banda con la que me llevaba muy bien me invitó al estudio donde estaban grabando su primer disco. Estaban emocionados, y como sabían que a mí también me empezaba a gustar todo este mundo —yo grababa ya algunas maquetas de las bandas en las que tocaba con un multipistas prestado—, tuvieron a bien llevarme a lo que, para todos nosotros en aquella época, era un estudio muy profesional.
Visto ahora con la experiencia que cargo a las espaldas, me doy cuenta de que era en realidad el estudio casero de un músico con cierta fama en el mundillo local. Tenía un equipo lo suficientemente decente como para ofrecer servicios a grupos de la zona.
El día que fui invitado era cuando iban a escuchar las mezclas por primera vez. Recuerdo que, al empezar el primer tema, pensé que sonaba fatal, pero como de joven fui muy educadito cuando estaba de visita —ahora ya no tanto—, cerré la boca y me quedé atento al devenir de los acontecimientos.
Uno de los músicos, el batería —que casualmente suele ser al que menos le importa crear situaciones tensas— soltó un: “Joder, esto suena a mierda”. El dueño del estudio, muy molesto —y con razón, porque las formas de decir lo que pensábamos todos no habían sido las mejores—, respondió que quizá esa impresión era porque el batería no estaba acostumbrado a cómo sonaban esos monitores. Y nos hizo una demostración de que el disco, efectivamente, sonaba bien.
Puso el Disco Negro de Metallica, que por entonces era todo un referente en el mundo del hard rock y el metal en cuanto a sonido, y fue alternando esa magna obra con el disco de mis amigos. Y, para sorpresa de todos, el disco que había mezclado él sonaba mucho mejor.
Cuando ya estábamos convencidos, nos dio la puntilla: volvió a poner el tema del disco de mis amigos, pero subiendo el volumen a tope y activando un altavoz enorme que tenía en el suelo —luego supe que ese mostrenco se llamaba woofer—, y todos bailamos alabando al dios del metal. Yo pensaba que mis amigos habían hecho el mejor disco de la historia.
Pero cuando salió el disco y lo puse en el equipo de música de mi habitación, me di cuenta de que el batería, aunque con poco tacto, había descrito perfectamente a lo que sonaba aquello.
Cuando el volumen engaña
Aunque parezca una tontería, esa anécdota me marcó en mi posterior carrera como ingeniero. Me daba pánico pensar que algún día un cliente pudiera pasar por algo parecido con una mezcla mía.
¿Qué convirtió aquel día esa mezcla dudosa en una experiencia casi religiosa en el estudio? Pues nada más —y nada menos— que el volumen.
El primer truco aquel día fue poner el disco de Metallica a un volumen inferior al del disco de mis amigos. Y eso, como se ha explicado hasta la saciedad, da la sensación de mayor calidad.
Si no tienes claro este punto, échale un ojo al apartado “¿Por qué un tema que suena más fuerte que otro aparentemente suena mejor?” dentro del artículo La guerra del volumen, que escribí allá por 2011. Lo tienes aquí en Hispasonic. Todo queda en casa.
Así que, al hacer la comparativa sin igualar el volumen, todos acabamos con la sensación de que el disco de mi amigo Pepe sonaba incluso mejor que el de Hetfield y compañía. Y eso ya es decir.
El segundo truco fue subir el volumen y activar el woofer. De golpe, todo el espectro cobró vida: graves más presentes, agudos más brillantes, sensación de pegada y profundidad. Nos pareció que el sonido era poderoso, grande, bien balanceado. Pero lo cierto es que no habíamos cambiado la mezcla. Solo habíamos subido el volumen y metido graves muy abajo, de los que se notan en el pecho.
He de decir que, con el tiempo, llegué a conocer bien al músico que tenía aquel estudio, e hice muchas mezclas de su música. Y aunque nunca hablé con él sobre ese día en particular antes de que nos dejase, estoy seguro de que no lo hizo con intención de engañar a mis amigos. Creo que, sinceramente, pensaba que la mezcla que había hecho estaba por encima de la de Randy Staub.
Por qué mezclar fuerte puede ser tu peor enemigo
Por tanto, para mí el volumen fue, desde muy temprano, algo muy importante y que siempre tuve muy en cuenta a la hora de trabajar. Además, siempre he tenido pánico a perder calidad en mi escucha por estar expuesto durante demasiado tiempo a niveles altos de presión sonora, así que también he sido muy cuidadoso con eso.
Con el tiempo me fui dando cuenta de todas las implicaciones que tiene el volumen a la hora de conseguir buenas mezclas. Para mí, el volumen tiene dos grandes dimensiones: por un lado, la emocional —o subjetiva—, que tiene que ver con cómo nos hace sentir el volumen alto; y por otro, la fisiológica —más técnica—, que afecta directamente a cómo percibimos lo que estamos escuchando.
Vamos primero con la parte emocional.
Partiendo de aquel día en que le bailamos al dios del metal, y a partir de muchas experiencias distintas que vinieron después, llegué a una conclusión que, aunque parezca de cajón, tiene implicaciones muy serias: el volumen tiene un poder enorme sobre cómo percibimos la música. Subirlo hace que todo suene más poderoso: los graves parecen más gordos, los agudos más brillantes, las voces más presentes… y en general, todo más “profesional”. Cuanto más fuerte, más bonito suena todo.
Y para mí ese es uno de los grandes problemas de trabajar siempre a volumen alto. El volumen alto es adictivo porque nos da la sensación de que el trabajo está terminado, cuando en realidad puede no estarlo ni de cerca. Nos da una falsa seguridad, nos convence de que todo está en su sitio, de que ya no hay nada más que hacer.
Hasta aquí hemos hablado de lo que el volumen nos hace sentir, lo bien que nos hace sonar todo cuando lo subimos. Pero ahora viene la otra parte: lo que el volumen nos hace creer… y que no siempre es cierto. Es decir, cómo afecta —de forma física y técnica— a lo que realmente estamos percibiendo.
Cuando trabajas mucho rato a volumen alto, empiezan a pasar cosas raras. Cosas que afectan profundamente a tu criterio. Por ejemplo, puede que tu mezcla solo suene bien cuando la pones a tope, y que al escucharla a volumen normal o bajo se desinfle. Eso nunca va a ser una buena mezcla. Va a ser una mezcla que necesita un truco para sonar bien.
Esto se debe a que el equilibrio general de una mezcla cambia según el volumen. Lo que parece balanceado cuando está fuerte puede volverse chillón, plano o delgado cuando lo escuchas a volumen real. Nuestro oído percibe los graves y los agudos de forma distinta dependiendo del nivel de presión sonora —si aún no lo has hecho, te animo a leer ese apartado del artículo que mencioné antes, el que escribí en 2011.
Si has mezclado el tema a volumen alto durante todo el proceso, en realidad no sabrás cómo va a sonar cuando bajes el volumen y esos graves y agudos dejen de percibirse en todo su esplendor.
Por eso siempre digo: si una mezcla suena bien cuando la pones flojito, probablemente está bien hecha.
Pero aún hay otro problema importante que tiene que ver con nuestra fisiología y con el hecho de trabajar durante horas a volumen alto: el oído se desgasta. Cuando mezclas fuerte, tu oído se “cansa” antes. Te embotas. Empiezas a escuchar menos detalles, a perder sensibilidad. Y las decisiones que tomas a partir de ese punto ya no son objetivas: son impulsivas, basadas en percepciones deterioradas.
Cómo domar el volumen antes de que mate tu mezcla
Después de todo lo que hemos dicho, parecería que el volumen es el gran enemigo de la mezcla. Pero no: el problema no es el volumen en sí, sino no saber usarlo con criterio.
Antes de pasar a cosas más prácticas, quiero comentar algo que suele despistar bastante cuando hablamos de niveles de escucha en mezcla o mastering: las famosas calibraciones de monitores. Hay un montón de recomendaciones, normativas y estándares, cada uno pensado para un contexto distinto.
Por ejemplo, el mundo del cine tiene su propio arsenal con cosas como la SMPTE ST 202:2010 o la ITU-R BS.775-3, que definen niveles para producciones multicanal. En televisión y broadcast europeo es más común la EBU R128, y en Estados Unidos la equivalente sería la ATSC A/85. Incluso la BBC tiene sus propias guías internas para sus estudios. También hay recomendaciones más abiertas y menos institucionales, como las que suele publicar Sound On Sound, pensadas para controles de grabación de música según el tamaño de estos.
De todas, mi favorita es sin duda el K-System de Bob Katz —de la Audio Engineering Society (AES). Tiene un enfoque práctico, flexible, y sobre todo está pensado por y para música. No es una norma rígida, sino una guía muy útil para que tengas una referencia realista y saludable del volumen al que estás trabajando. Además, se adapta al tipo de música que estés mezclando, sea pop, jazz o death metal técnico con flauta travesera y sección de triángulos.
No quiero entrar en cuestiones demasiado técnicas aquí —si estáis interesados, puedo escribir un artículo específico sobre calibración de monitores—, pero sí quiero dejar claro que estas calibraciones son solo referencias.
En esencia, algunas personas marcan un punto de referencia en el potenciómetro de volumen de sus monitores. Ese punto corresponde a un nivel de escucha concreto —por ejemplo, 83 dB SPL— y sirve para tener una base estable que permita comparar mezclas entre días, evitar la fatiga y asegurarse de que las decisiones se tomen con cierta objetividad.
Ahora bien, que tengas ese punto marcado no significa que tengas que trabajar siempre ahí. De hecho, muchos ingenieros (yo incluido) mezclamos buena parte del tiempo bastante por debajo, moviéndonos en torno a los 70–75 dB SPL reales. Solo subimos al nivel marcado cuando necesitamos comprobar algo concreto: cómo traduce la mezcla, cómo se comportan los graves o cómo respira la dinámica general. Ahí sí nos fiamos de la normativa o recomendación que hayamos elegido o que nos haya tocado.
Y ahí precisamente está el quid de la cuestión: el volumen no es fijo. No hay un clavo en el potenciómetro que nos pinche cuando lo tocamos. Si tenemos un nivel marcado que nos permite trabajar con seguridad para la salud de nuestros oídos y nos da una referencia fiable para evaluar, podemos irnos arriba —las menos veces— o movernos abajo, que es lo más habitual. Un ingeniero de mezcla suele usar el volumen de monitoraje como una herramienta más del proceso.
Aquí cada quien tiene su método. El que me funciona a mí es el siguiente: suelo irme al nivel de referencia durante las primeras fases de mezcla de un tema. De esta forma, trabajo en la parte alta de volumen justo cuando defino el sonido general, cuando hago ajustes con los extremos —graves y agudos— que no puedo valorar igual a volumen moderado. Esa parte suele llevarme aproximadamente una hora. A partir de ahí bajo el volumen y continúo normalmente entre los 70 y 75 dB SPL, un rango que me permite trabajar cómodamente con los medios sin generar fatiga auditiva. Y si estoy en tareas más mecánicas —como montar buses auxiliares o planear cómo organizar 200 pistas de coros, que a veces pasa— bajo aún más. Porque en esos momentos no necesito una escucha crítica. Con simplemente escuchar me basta.
Y como dije antes: si una mezcla suena bien con el volumen bajo, seguramente esté bien hecha. Por eso, una de mis reglas de oro es bajar el volumen de forma deliberada, con intención de comprobar. Si la mezcla sigue sonando equilibrada, potente y clara incluso a bajo nivel, probablemente va por buen camino.
Y ya por último, cuando tengas la mezcla terminada o muy cerca de terminar: sube, baja, vuelve al medio. Tu mezcla debería aguantar en todos ellos. Si no lo hace, algo hay que revisar.
Recuerda siempre: el volumen no es tu enemigo. Es una herramienta poderosa, pero peligrosa y tramposa si no sabes cuándo y cómo usarla. Si lo dejas campar a sus anchas, te va a hacer creer que todo suena mejor de lo que en realidad suena. Así que no mezcles con adrenalina, mezcla con criterio. Usa el volumen como lo que es —una herramienta de evaluación, no de autoengaño—, y ten presente esto: si algo suena bien solo cuando está fuerte… probablemente no suena tan bien. Porque, a fin de cuentas, el truco más común que arruina mezclas no es el volumen, sino dejar que nos engañe.