Siempre he pensado que el sonido, como la música, es una conversación entre lo que sentimos y lo que podemos describir con precisión. Hay una frontera difusa entre intuición y teoría, y es ahí, justo en ese límite, donde muchas veces tropezamos sin darnos cuenta. En mis años frente a una mesa de mezcla, he visto cómo la experiencia sin fundamento teórico puede llevarnos lejos, pero también cómo el conocimiento —aunque aparentemente abstracto— nos da herramientas para acelerar procesos, entender decisiones y ganar control sobre aquello que muchas veces nos frustraba sin razón aparente.