Siempre he pensado que el sonido, como la música, es una conversación entre lo que sentimos y lo que podemos describir con precisión. Hay una frontera difusa entre intuición y teoría, y es ahí, justo en ese límite, donde muchas veces tropezamos sin darnos cuenta. En mis años frente a una mesa de mezcla, he visto cómo la experiencia sin fundamento teórico puede llevarnos lejos, pero también cómo el conocimiento —aunque aparentemente abstracto— nos da herramientas para acelerar procesos, entender decisiones y ganar control sobre aquello que muchas veces nos frustraba sin razón aparente.
Seguro que muchos de vosotros, a la hora de haceros con nuevos micrófonos para vuestro arsenal, sobre todo si estáis en este mundo del sonido simplemente porque sois aficionados, habréis pateado muchos hilos donde se habla sobre cuál micrófono es el mejor para según qué uso. Podréis haber comprobado que las opiniones son dispares. Cada uno, aunque a veces coincidimos, tiene sus micrófonos preferidos. No hablo solo de tipos de micrófonos, sino de modelos determinados con nombres y apellidos. Estas preferencias vienen dadas por la experiencia de haber probado muchos micrófonos en diferentes aplicaciones. Lo malo es que la mayoría de gente que no se dedica profesionalmente a este mundillo no tiene esa posibilidad y se sienten perdidos a la hora de saber qué micrófono comprar para cubrir ciertas necesidades.
En todo el tiempo que llevo dedicándome al mundo de los estudios de grabación me he encontrado con gente de toda clase. Gente abierta de mente y otra cerrada como la puerta de un convento de clausura. Pero si hay algo que he aprendido de este trabajo es el que no hay reglas. Mucha gente se echa las manos a la cabeza cuando te ven hacer según que cosa en un estudio, casi acusándote de hereje y lamentando que ya no quemen a gente en las plazas públicas. Se puede pensar que esto sucede sólo en cosas muy específicas, pero veréis que en esta entrada que hasta el orden de colocación de compresores y ecualizadores me hubiera costado la vida hace un puñado de siglos.
Me llegan últimamente al mail muchas peticiones de ayuda de aficionados y de gente que empieza en pequeños estudios sobre las mezclas que hacen. Como siempre contesto, no de forma tan tajante: no tengo ni tiempo ni ganas de analizar mezclas. Además creo que una mezcla es algo tan personal que de nada serviría mi visión. Lo que si he observado en muchas de estas demos ha sido que da la sensación de que para que algo se escuche de forma clara el recurso que usa todo el mundo es subir el nivel de ese elemento, y ya que no puedo ayudar de forma personalizada, voy a hablar en esta entrada de un concepto que os puede ayudar bastante.
Se ha escrito ya mucho sobre la llamada guerra del volumen. Casi siempre ha sido desde un punto de vista técnico y abordando partes parciales del tema. Además sinceramente estoy un poco cansado de intentar explicar mi visión sobre este asunto a mis clientes, y para no tener que repetir una y otra vez el mismo discurso, me he propuesto escribir sobre ello en mi blog.
Cada vez más y más músicos están dejando de tener en cuenta lo que significa y las implicaciones que tiene realizar una producción musical. Supongo que los que me conocéis en persona ya me habréis oído decir eso de que hoy en día un alto porcentaje de discos que se lanzan son tan solo “maquetas de larga duración”. El plasmar una obra musical en un soporte no solo significa llegar al estudio, grabar, mezclar, editar, masterizar y listo. Hay mucho más detrás de todo eso.
En esta entrada veremos que la producción musical se divide en diferentes fases, en qué consiste cada una y quién está implicado en cada paso.